El capital

Aunque todavía no lo he terminado, me permito recomendaros ‘La caída de John Stone’, de Iain Pears, una novela que, a través de la historia del personaje mencionado en el título, nos adentra en la historia del capitalismo desde mediados del siglo XIX hasta principios del XX.

Encuentro muchos fragmentos del libro muy interesantes, pero os invito a leer uno que leí hace poco:

“Sin embargo, párese a pensar en esto: si uno de mis torpedos se dispara y da en el blanco, mucha gente morirá. Algo terrible, pero, ¿es culpa del torpedo? No es más que una máquina, diseñada para ir del punto A al punto B y estallar. Si lo hace, es una buena máquina que cumple con su objetivo. En caso contrario es un fracaso. ¿Dónde entra ahí la moralidad?

Y una empresa no es más que una máquina que suple las necesidades de otros. ¿Por qué no culpar a los gobiernos que compran esos torpedos y ordenan que se usen, o a quienes votan por esos gobiernos?

¿Debería dejar de construir esas armas y negarles a los gobiernos la oportunidad de de matar a sus vecinos de forma más económica y eficaz? Sin duda alguna no. Estoy obligado a hacerlas. Las leyes de la economía lo dictan. Si no lo hago, no satisfaré una una necesidad, o tal vez el dinero se gaste en una máquina peor, lo cual sería hacer un mal uso del capital. Si los hombres no tienen torpedos, utilizarán el cañón. Si no hay cañón, arcos y flechas. Si no hay flechas, emplearán piedras, y si no hay piedras, se matarán a mordiscos. Yo me limito a transformar el deseo en su forma más eficaz y obtener capital del proceso.

Para eso están las empresas. Han sido diseñadas para multiplicar el capital, lo que hacen carece de relevancia. Torpedos, alimentos, ropa, mobiliario, es todo lo mismo. Con ese propósito harán cualquier cosa para sobrevivir y prosperar. ¿Pueden ganar más dinero empleando a esclavos? En tal caso, habrán de hacerlo. ¿Pueden aumentar los beneficios vendiendo ingenios que matan a otros? Pues tendrán que hacerlo. ¿Y si devastan los campos, asolan los bosques, desarraigan comunidades y envenenan los ríos? Están obligadas a hacerlo si de esa manera pueden incrementar sus beneficios.

Una empresa es un imbécil moral, sin conciencia del bien y del mal. Las limitaciones han de venir del exterior, de leyes y costumbres que le prohíban hacer ciertas cosas que desaprobamos. Sin embargo se trata de una limitación que reduce los beneficios, razón por la cual todas las empresas siempre tratarán de rebasar los límites de la legalidad, actuar libremente en su afán de sacar provecho. Ésa es la única forma de que puedan sobrevivir, ya que los más poderosos devorarán a los débiles. Y ello es intrínseco al capital, que es salvaje, desea ser libre y rechaza todas las trabas que le son impuestas”.

Uno lee esto y piensa en lo poquito que han cambiado las cosas, las personas y las intenciones desde el siglo XIX hasta nuestros días.

La caída de John Stone

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