Linda

Hace unos días, me pasé toda una tarde de acá para allá, haciendo recados pendientes. En cierto momento, me senté brevemente en un banco.

Pasaron delante de mí muchas personas. Me gusta observar por la calle a los completos desconocidos, porque siempre se aprende algo nuevo: a veces, sobre la gente, otras, sobre uno mismo.

El caso es que esta tarde, sentado en ese banco, vi pasar a varias chicas. Algunas de ellas, poco más que adolescentes, otras a las que sería más apropiado llamar mujeres. Algunas altas y otras bajas. Algunas conservadoras y otras absolutamente modernas.

Y me di cuenta de una cosa.

Me gustan las muchachas de belleza distraída que caminan por la calle como pidiendo permiso, como si de alguna manera sintieran que su mera existencia afea el mundo.

Esas chicas que se visten como chicos, que hablan como chicos, que juegan al fútbol como chicos o, a veces, mejor que los chicos (o que este chico, al menos).

Cuando veo a una de ellas caminando sola por un parque, su mente a mil kilómetros de allí, o pidiendo permiso para pasar, con su vocecita a penas inaudible, me entran ganas de estrecharla entre mis brazos y apretarla fuerte contra mí. De susurrarle al oído:

“Eres linda, muy linda, más hermosa que todas esas mujeres que caminan por ahí perdonándote la vida. Porque en sus altos tacones, en su ropa de última moda, en sus perfectos pómulos o en sus piernas kilométricas no guardan ni una pizca de la inmensa dulzura que se adivina en la profundidad de tus ojos

melancólicos, naturales, sinceros.”

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