Odio todo esto: el hippijerío

Vives al día, como los pájaros, las plantas o el perro que te acompaña, por supuesto sin collar, sin desparasitar y sin otro alimento que el que pille por la calle o le den los turistas. Alejado de la gris burguesía que te vino nacer y que mamaste, probablemente, hasta que fuiste a la universidad.

Nosotros, los esclavos, te provocamos un rechazo visceral, con nuestros trabajos de nueve a seis, nuestras hipotecas, nuestras relaciones estables y nuestras preocupaciones de pequeña-abejita-obrera. Eso no es para ti, porque tú eres un espíritu libre, en armonía con la vida y sin preocupaciones. Y si alguna sombra asuela tu alma, nunca te faltarán camellos que te la alivien, ni sesenta euros con los que comprar esas ‘medicinas’ que tú sabes. Buen rollo.

O quizás huiste de la vida anodina del primer mundo para emprender la tarea de convertirte en salvador de la humanidad. De un pequeño poblado sin recursos a una granja en la que se necesita un pozo. Trabajando codo con codo con los más humildes, con los que, equivocadamente, te identificas, colocándonos automáticamente a todos nosotros, los humildes del ‘primer mundo’ que sudamos cada día en nuestros trabajos, en el bando contrario. Nosotros somos los ricos, sí, claro.

Se te olvida en esos momentos que en tu infancia nunca te faltó de nada. Ni el Scalextric, ni las zapatillas de moda, ni el carnet del videoclub. Y, ¡ay de tus padres!, como intentasen no satisfacer algunas de tus absurdas y exageradas exigencias cada 6 de enero y en tu cumpleaños. Que nunca tuviste que solicitar una beca para estudiar y que, durante mucho tiempo, creíste imposible que hubiese algún padre que no tuviese una licenciatura, ingeniería o diplomatura. A los fontaneros, cocineros y albañiles, probablemente, les debía estar vetada la posibilidad de tener hijos en tu imaginación infantil.

Se te olvida que mientras vives a tu aire, lejos de los agobios de la pequeña burguesía hipotecada o trabajando codo con codo con los más humildes de la tierra, tu papá y tu mamá corren con los gastos. Por no hablar del piso que te compraron en pleno centro de la ciudad y al que, tarde o temprano, volverás con alguna excusa que venderás a tus amigos y conocidos envuelta en cualquier absurdo argumento ideológico. “Adoraba estar allí, cubierto de barro y estiércol hasta la rodilla, pero cuando el Partido X me ofreció la posibilidad de ser asesor en asuntos sociales y cooperación, no pude evitar esa gran responsabilidad de poder cambiar el mundo para que sea un poquito mejor, aunque mi corazón siempre se quedará allí”. Sí, porque tu culo se quedará engordando dentro de un piso de 300.000 euros.

Lo peor de todo es que no dejarás de vernos a todos nosotros por encima del hombro. Y que seguirás pensando que somos los culpables de que todo esté tan mal.

Por otro lado, y pensando positivamente, eso me libera para poder decir lo que realmente siento, porque no cambiará lo más mínimo tu idea sobre mí. Es lo bueno de ser el malo de la película.

Y lo que realmente siento se resumen en cuatro palabras:

Te odio, puto hipócrita.

Un comentario en “Odio todo esto: el hippijerío

  1. El Pijismo es un problema más complejo de lo que en principio se cree.Puedes informate sobre ello en el artículo “Posh, “fresas”, en fin pijos”, publicado en el nº8 de La Bitácora de Pedro Morgan.

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