Niños…

Lo confieso. Formo parte de esa infantil mayoría que considera el último título de Píxar, “Up”, una genialidad y posiblemente una de las mejores películas del año. Si el castigo por tener esta opinión es entrar a formar parte de esa gran masa superficial que disfruta de los entretenimientos menores a la que nos ha condenado el escritor Vicente Molina Foix, lo asumo con gusto.

Recientemente, Molina Foix arremetía en un artículo que se puede leer a través de una entrada del blog Es Muy De Cómic contra todo lo que huela a dibujo: películas de animación como la ya mencionada “Up”, manga, tebeos… Señalaba el escritor que “La proliferación de Mortadelo y Filemón” (bueno, él lo llama “Mortadelo & Filemón”, mucho más intelectual, dónde va a parar) “y el manga con Thomas Mann o Buñuel me parece una perversión muy propia de la dominante quiebra de categorías estéticas. (…) Un indicio del infantilismo expresivo cada vez más visible en materias tan opuestas como el diseño o la novela llamada nueva”. Y en algo no le falta razón: es cierto que la proliferación y éxito de novelas gráficas y cintas de animación indica algo. Pero, en mi opinión, indica algo bien distinto de la hipótesis que el autor proponía en “Visiones”, la columna que publica en la revista “Tiempo”.

una escena de la película Up

Porque a juicio de este humilde “bloguero” (y ávido lector de todo aquello que se deje leer, que cada día es menos) lo que indica el auge de las viñetas y sus derivados es la absoluta e inexplicable falta de imaginación, originalidad y esfuerzo en el ámbito de las bellas artes y muy concreta y dolorosamente en el de la literatura. Un hueco que no han dudado en rellenar  con maestría los autores de “chorradas de plastilina” como “Up”.

Últimamente, cuando leo una novela, suelo tener la sensación de estar leyendo siempre la misma historia. Narraciones vacías protagonizadas por personajes que lejos de saltar de las páginas parecen aferrarse a ellas, a sabiendas de que su vida en el mundo real sería insostenible. Y no me hagan hablar de la literatura española contemporánea.

Eso sí que es una delicia. Sospecho que muchos autores llevan escribiendo el mismo libro con distinto título durante los últimos veinte años. Estoy harto de historias sin sentido que recurren a unos lugares que, de tan comunes, ya aburren. Y de personajes que, a falta de algo que hacer, se dedican a pasar sus horas (y malgastar las nuestras como lectores) discurriendo absurdos soliloquios. Páginas y páginas que no conducen a ningún sitio pero que resulta evidente que responden a la exigencia por parte de los editorres de no menos de 200 ó 300 páginas por libro. Cosa que entiendo, ya que con el caché de algunas de las estrellas literarias de la elite narrativa española actual que menos que exigir, si no calidad, al menos cantidad.

Sin embargo, esta laxitud creativa, esta sequía imaginativa que asola los campos literarios españoles e internacionales no parecen llamar la atención de Molina Foix, tan concentrado en el “disparatado” Premio Nacional de Cómic que no repara en todos los galardones, públicos y privados, con los que se premian creaciones literarias que valen menos que el papel en el que están escritas. Curioso.

Culturamente, yo debo ser muy infantil. Lo dudo, pero ojalá: los niños (y los borrachos) nunca mienten, y es sólo una de las muchas virtudes que perdemos cuando nos hacemos mayores, serios y formales. Disfruto de los tebeos y de los cómics. Creo que sus autores también pueden “reformar el mundo con sus trazos”, como los caricaturistas y los viñetistas satíricos de periódicos y revistas, quienes gozan de un supuesto estatus superior al del “pintamonas”: una especie de salvoconducto que los integra en el muy intelectual y reducido club de los columnistas.

Maus, de Art Spiegelman

Creo que hay pocos libros que narren con tanta sensibilidad y crudeza el horror nazi como el cómic autobiográfico de Art Spiegelman “Maus” (que, por cierto, obtuvo un supongo que disparatado premio Pulitzer en 1992, una tontería, vaya…). Que Watchmen es uno de los libros (sí, sí, he escrito libro, no tebeo) que con mayor precisión retrata la sociedad de finales del siglo XX, sobre todo la americana, y su crisis de valores. Que Will Eisner era un genio de la narración visual (admirado por grandes cineastas), que colecciones como Hellblazer o Predicador ponen los puntos sobre las íes en la tradición católica que a muchos nos metieron con calzador y que todos, niños y ancianos, tenemos derecho a imaginar que somos el Capitán Trueno. Que este ejercicio de fantasía no sólo puede ser mucho más educativo que la mayoría de los nuevos libros que se publican cada día sino que además nos puede ayudar a ser más humanos.

Desconozco si Molina Foix ha leído algo de lo que acabo de mencionar, pero sospecho (y ojalá me equivoque) que sus conocimientos del mundo de los “dibujitos” no va más allá de “Mortadelo y Filemón” (perdón, “Mortadelo & Filemón”) o “Zipi y Zape” (¿o era “Zipi & Zape”?). Y, para ser honestos, hay que reconocer que sí que hay escritores que valoran el cómic y sus sucedáneos y que incluso aprenden de esas obras. Los hay hasta que escriben, ¡qué ignominia!, en “fanzines”. Claro, no hablo de los capitanes generales de la literatura española, sino de los soldados de trinchera que compaginan su vocación de escritor con los trabajos que les permiten ser aquello. No me refiero a los escritores que ganan cifras astronómicas por realizar un par de presentaciones o ser jurado en un premio literario, no, yo hablo de los infantiles autores menores que viven la literatura en vez de vivir de ella. Insensatos.

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