Dejadme que os cuente algo que me pasó ayer. Es una anécdota sin importancia, uno de esos hechos mínimos que suceden cada día y a los que no prestamos atención.
Estaba yo en un quiosco, cuando unas voces infantiles me alarmaron. “Pues me compro un bote de Pringles”, dijo una, “Sí, ya, si cuestan 2,50 y solo tienes 2 euros, tío…”. Risas de los demás. “Oh, no”, pensé, “la típica manada de preadolescentes salvajes”.
Tras revolotear por todo el local durante un buen rato, fueron a pagar. Cuando me acerqué al mostrador, todavía quedaban dos de ellos allí, el que había hecho mal los cálculos del coste de patatas Pringles y un amigo. El primero estaba en ese delicioso momento en el que, con un montón de chucherías delante, iba eligiendo las que quería. Sabía que iba a tardar, pero como no tenía prisa, esperé pacientemente detrás de él.
-¿Cuánto cuestan las llaves?
-Cinco céntimos cada una.
-Dame cuatro.
Y así durante un buen rato: llaves, moras, plátanos… Un repertorio familiar con algunas incorporaciones nuevas. En lo que a innovación se refiere, el mercado de las golosinas no es que haya avanzado mucho que digamos.
Al final al muchacho le quedaban veinte céntimos y no sabía que más comprar. Miró a su amigo, que no llevaba nada, y, quitándole importancia, dijo “Con lo que queda píllate tú lo que quieras, que yo ya estoy”. El otro chaval solo pidió dos plátanos (diez céntimos) y dijo que no quería nada más.
-Pues con los diez céntimos que quedan… ¿Cuánto costaban las llaves?
-Cinco céntimos.
-Pues dame otras dos.
Cuando la vendedora introducía las nuevas golosinas en la bolsa, el chaval sonrió y apuntó: “Son para él, porque yo ya tengo suficientes con las que había”.
Qué queréis que os diga, con ese gesto, me pareció que ese muchacho podría enseñar muchas lecciones a nuestros políticos (a todos). Y pensé que, si es que existe alguna forma de acabar con la crisis, de hacerlo definitivamente, no de poner tiritas y ver lo que aguantan, ese gesto es la clave.
Y con tanto pensar, no agarré una puñetera lata de Pringles y se la regalé al chaval, que es lo que tenía que haber hecho. Porque ese tipo de actitudes son las que deberían tener un premio, y no las contrarias.
Que, por desgracia, es lo que suele suceder.
El futuro está ahí, solo hay que cuidarlo y llevarlo por el buen camino